La verguenza de occidente

Nada asusta más al moderno homo occidental que el tener razón. Acongojado por un complejo de culpabilidad que le hace avergonzarse incluso de lo que ha hecho bien a lo largo de la Historia, se pasa el día entero pidiendo perdón al resto del mundo sin obtener más que una sonrisa desdeñosa en el mejor de los casos o una petición de más “fondos para el desarrollo” en el peor. El resultado es que ni consigue que le perdonen, ni que le estén agradecidos por la enésima transferencia bancaria con la que pretende acallar su mala conciencia histórica. A nadie le gustan los llorones y a los desfavorecidos por la fortuna, menos. Serán pobres, pero conservan su dignidad y la dignidad es algo que no sólo se posee sino que también se refleja en los demás. Por eso, la visión de alguien lamentando cosas pasadas en las que no ha tenido ni arte ni parte no puede dejar de causarles repulsión siquiera porque, de tratarse de ellos, nunca se les ocurriría pedir perdón.
Sin embargo, lo peor no es eso, sino que esa mala conciencia no es histórica en absoluto. Y no lo es porque si en los colegios, durante al menos toda la segunda mitad de este siglo pasado, se hubiera enseñado Historia y no Cuentos de Hadas, sabría que todas las culturas que han existido en el mundo han tenido su momento de gloria y todas han aprovechado ese momento para dominar a otras diferentes, en la mayoría de los casos con muchos menos miramientos que los tan denostados occidentales (ahora mismo estoy pensando en los “pobres” aztecas, invadidos por los 800 españoles de Cortés, sin intendencia posible, que si no hubiera sido por lo hartos que estaban los tlaxcaltecas de los primeros, no quedaría de ellos ni el recuerdo). Porque, bien mirado, no es sólo que los occidentales se afanaran por explotar minas y cultivar plantaciones, sino que además estaban obsesionados con construir hospitales, escuelas y alcantarillas adondequiera que iban y de creerse además que ésa era su obligación.
Por ejemplo; en Estados Unidos, la campeona de la libertad, tiene en su historia dos siglos de esclavitud. Pero esos dos siglos son una gota, comparada con el océano de miles de años en que los propios africanos se esclavizaron entre ellos. Los tratantes de esclavos occidentales no iban a África porque pensaran especialmente que los negros eran una raza maldita sino porque en África el negocio de la esclavitud, era un negocio floreciente y con una larga tradición de la que podían dar testimonio los mercaderes musulmanes del Océano Índico, quienes, como sus colegas occidentales siglos después, simplemente esperaban en la costa a que el reyezuelo de turno les ofreciera la “mercancía” que les interesaba. Y, sin embargo, nadie exige a unos u otros que pidan perdón públicamente por ello y ni siquiera sirve como atenuante el que fueran los propios occidentales quienes más lucharon para poner fin a la esclavitud, como así hicieron finalmente.
¿Qué fue lo que convirtió la “carga del hombre blanco”, la de exportar sus valores a todo el mundo, en la “carga del hombre blando”, la de enjuagar sus lágrimas por todo el mundo?. Buscando, podríamos decir que la culpa fue de Einstein y su teoría de la relatividad, que por su difícil interpretación matemático cuantica, fue reinventada por la prensa en teoría filosófica entendible para el vulgo. Según esto, todo era relativo, según Einstein”, con la consecuencia de que la relatividad se convirtió en relativismo y el tocino en velocidad. En descargo de Einstein, justo es reconocer que se horrorizó al ver lo que hacían con su teoría, una teoría pensada para la esfera objetiva del cosmos, y nunca para la subjetiva del mundo. Einstein era creyente y aunque no era practicante, reconocía la existencia de Dios. Por eso, no tenía ninguna duda de que el Bien y el Mal eran normas absolutas, fácilmente distinguibles, y no relativas y dependientes de las circunstancias en las que son establecidas. La consecuencia de ese error fue la ruptura de la sociedad occidental con la fe y la moral judeocristiana, que le habían dado su ser y sin las cuales nadie sabía muy bien en qué podía acabar convirtiéndose.
Ahora, casi cien años después de Einstein, está mucho más claro en qué se ha convertido la antaño orgullosa civilización occidental: una sociedad que ya no sabe lo que es, pero sí sabe lo que no quiere ser. Una sociedad que tiene un problema de identidad y cuando uno padece de algo así, cualquier identidad le parece mejor que la suya sin darse cuenta de que, muy probablemente, todas esas personas cuya identidad envidia desearían en cambio poseer la que él rechaza.
En consecuencia, el moderno hombre occidental ha dejado de distinguir la verdad de la mentira, estando dispuesto a aceptar como verdadero lo que le digan que lo es, con tal de no tener que decidir él, sobre todo si su interlocutor no tiene ningún reparo en recurrir a la violencia para imponer (algunos dicen “defender”) sus puntos de vista. Ya no sabe lo que es la verdad, pero tampoco quiere saberlo y cuando de alguna manera intuye que algo lo es, tiembla pensando que eso igual le obliga a tomar partido y, en consecuencia, quitarle la razón a la otra parte, a menos que esa otra parte sea la religión cristiana, los valores tradicionales europeos o el Estado de Israel, con lo cual ya no tendrá ninguna dificultad y hasta se alegrará de hacerlo. ¡Si es que es tan fácil tenerlo contento!.
Etiquetas: complejo, culpabilidad humana, obama, occidente, reverencia

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