EL GRANO DE MOSTAZA
Decía el cardenal Newman, en el siglo XIX, que no hay que preocuparse en demasía por la llamada crisis eclesial (o crisis de la iglesia, o crisis de valores, o lo que quieran), por muy profunda que sea. Y lo decía así: “Cada siglo es semejante a los otros, pero a los que viven les parece peor que todas las épocas precedentes… La causa de Cristo siempre agoniza, como si sólo fuese cuestión de tiempo su fracaso definitivo”.
La verdad es que lo que sucede es justamente lo contrario: todos los que predicen la muerte de Dios y animan a la Iglesia a adaptarse a los tiempos modernos como única forma de sobrevivir, acaban pereciendo irremediablemente. Los imperios caen pero la Iglesia permanece, las culturas se diluyen pero el Cristianismo se mantiene incólume. Esta iglesia presuntamente agonizante constituye el espejismo de los cristianos y la desesperación de los comecuras a lo Voltaire: no hay manera de acabar con “La Infamia”.
La verdad es que lo que sucede es justamente lo contrario: todos los que predicen la muerte de Dios y animan a la Iglesia a adaptarse a los tiempos modernos como única forma de sobrevivir, acaban pereciendo irremediablemente. Los imperios caen pero la Iglesia permanece, las culturas se diluyen pero el Cristianismo se mantiene incólume. Esta iglesia presuntamente agonizante constituye el espejismo de los cristianos y la desesperación de los comecuras a lo Voltaire: no hay manera de acabar con “La Infamia”.
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