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El juez George Creer ha decidido que a Terri Schiavo, una mujer norteamericana inconsciente desde hace diez años, hay que quitarle la sonda que le alimenta, con el humanitario objetivo de que se muera de hambre. Es lo que quería su amante esposo, que ya ha rehecho su vida (en estos casos se emplea el verbo rehacer, pero no me pregunten por qué) con otra mujer con la que tiene dos hijos, pero que no se ha divorciado de Terri, probablemente para poder decidir sobre la suerte de su mujer indefensa. En efecto, el amigo Michael solicitó a los jueces que desconectaran a su esposa, porque se trata de un filántropo, y como no cree que pueda recuperarse (es curioso, el agnóstico no cree en la muerte, pero lo más grave es que no cree en la vida), prefiere que la maten. Pero, es lo que tiene la desesperación que suele ser muy cabezona. Uno pensaría que el bueno de Michael ya había tirado todo por la borda y que, en consecuencia, qué le importaba reñir con sus suegros, partidarios de mantener a Terri con vida. Pero no, sí que le importa: sigue decidiendo en nombre de su esposa legal, que no vivencial (presencial, como se dice ahora). Esto recuerda al amantísimo modelo que nos expone Almodóvar en su escarizada “Hable con ella”: el enfermero que cuida de una Terri de ficción la ama tanto que decide violarla. El juez Greer y el amante esposo Michael no han violado a Terri: sólo a su vida y a su libertad.
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