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PORQUE SERAN SACIADOS

NO SON EXTREMISTAS QUIENES DEFIENDEN POSICIONES RADICALES; LO SON, QUIENES CUALQUIERA QUE SEAN SUS IDEAS, TRATAN DE IMPONERLAS DE FORMA INTRANSIGENTE A LOS DEMAS, SIN RESPETAR QUE LA DIVERSIDAD DE PENSAMIENTO ES EL ACTIVO MAS PRECIOSO DE NUESTRA CONCIENCIA. LO QUE NOS HACE INDIVIDUOS LIBRES

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domingo, mayo 21, 2006

SEÑOR CURA ¿ME LO EXPLICA?

A veces tiene uno la sensación que la SIN RAZON sé esta infiltrando con tal fuerza en el entorno, que defender lo razonable nos hace padecer un cierto complejo ya no de antiguos, sino de jurasicos.
Me refiero a lo razonable, no a lo opinable, esto es, a aquella parte del acontecer humano que es punto de encuentro común entre todos los hombres, incluso los más antagónicos...


Cuando en la ONU, por poner un ejemplo, los representantes de las naciones se reúnen en asamblea a dirimir sus disputas, lo hacen bajo un mismo e inquebrantable protocolo,... votan de la misma forma, sé sientan, se levantan y hablan según lo ordenado, lo cual es aceptado por todos como un METODO, sin el que no sería posible el debate. Es fácilmente entendido por la asamblea porque es razonable.

La reflexión viene a propósito de un acto de culto religioso, la Santa Misa, donde los católicos, al menos el domingo por mandamiento eclesiástico, nos acercamos dejando al lado nuestras diferencias, para participar de nuestro credo en compañía con los demás y de paso tratar de superarlas. Por eso la misa es ante todo un acto de comunión, hacemos todos lo mismo de cara al Señor, pues para la oración individual hay otros momentos.

En la etapa postconciliar, me refiero a un tiempo atrás de unos 25 años y por iniciativa nunca esclarecida de parte de la jerarquía consagrada, los fieles fueron en este caso sujetos pasivos; se quebró la unidad de actuación de los católicos en un aspecto sustantivo de la misa, la forma de comulgar; y ahora en contra de las conocidas opiniones del anterior Papa Juan Pablo II, a la hora de comulgar nos hemos dividido en dos bandos "irreconciliables", quienes comulgan en la mano, y quienes lo hacen directamente en la boca como venía siendo tradicional.

Ahora cada vez más nos enfrentamos a un nuevo "cisma litúrgico" que surge ante otro momento de la misa, pero el esencial, la consagración. A diferencia del anterior, la jerarquía no es esta vez parte activa, pero si pasivamente responsable, sin que se atisbe el menor indicio e interés de nuestros pastores por resolver el creciente problema.

Resulta llamativamente frecuente que durante la elevación de la sagrada forma y del cáliz (posición de rodillas según la instrucción del misal romano, y de toda la catequesis católica que yo conozco) si el creyente tiene la costumbre de arrodillarse conforme a lo aprendido, al esfuerzo de fe que ya supone el milagro redentor que implica el momento, tenga que añadir un esfuerzo de imaginación de lo que está sucediendo en el altar, ya que no podrá verlo, pues a menudo se lo impedirán, los fornidos hombros de un altivo mocetón, las acogedoras pieles del abrigo de una arreglada señora, o las bellas pecas en la espalda de una joven señorita, que han decidido quedarse en pie. ¿Es esto razonable?.

Se me ocurren hasta tres razones sugerentes entre otras muchas, para que el sacerdote oficiante detuviese la liturgia y llamase la atención al objeto de que se reclinasen todos los asistentes, con las consabidas excepciones de salud y espacio, tal como lo he visto hacer a algunos curas en aras a la unidad de acto, pero en otros momentos mucho menos trascendentes (cánticos, sermones, lecturas) eso si casi siempre para ordenar el ¡nos sentamos!.

La primera es razón puramente teológica; por ser el acto esencial de la misa, el milagro de la transubstanciación o conversión del pan y vino en la carne y sangre de Cristo. El respeto a la solemnidad del momento merece, que el acto se lleve a cabo reclinándose en comunión con todos los asistentes.

La segunda razón es el ejercicio de la humildad. El motivo es que así lo exige la Instrucción General del Misal Romano revisada en julio de 2000 por la Congregación para el Divino Culto, y que pone acento especial en este apartado, Y así lo deberían de transmitir quienes tienen la responsabilidad para ello.

La tercera razón es la más sencilla, la educación y el respeto al prójimo o próximo, algo fácilmente entendible por el auditorio litúrgico, pero que inexplicablemente, jamás ha sido advertido por el celebrante ¡qué yo haya podido escuchar!.

En un partido de fútbol, o en un cine posiblemente a quien se quede de pie cuando corresponde sentarse en el peor de los casos le tirarán una lata a la cabeza, o cuando menos le llamarán la atención por impedir la vista, sin que se le pueda exigir al creyente iniciar un debate con el situado en la fila de delante cada vez que por arrodillarse, se frustre su derecho de ver lo que sucede en el momento más importante de la misa a la que asiste.

Los argumentos son extrapolables a cualquier foro institucional, ya sea político, académico o cultural e incluso judicial. Y me consta que en la quiebra de la unidad de acto, el asistente que no se sujete a las reglas de protocolo, será reprendido por el encargado máximo responsable del acto, y entendido por todos, sencillamente porque se trata de un comportamiento socialmente necesario.

Al parecer lo razonable en este caso ya no sirve para la iglesia. No sabemos que extrañas razones impiden a la jerarquía aplicar la solución a un problema que va dirigido al corazón mismo de la misa, (quitarle trascendencia al acto esencial, aquel por el que se instituyó; a su verdadera razón de ser, el milagro de la redención; DE AHÍ QUE NO HACE TANTO SE HACIA HINCAPIÉ MEDIANTE UN PROLONGADO TOQUE DE CAMPANILLA . ¿cual es el motivo del silencio? ¿él respeto humano? o se pretende que el arrodillado se lo tome como una penitencia más ¡Aguantese señor católico! en la misa cada uno hace lo que le place!.

El día que cada creyente imponga como quiere comportarse, en vez de comulgar con los demás, la misa habrá perdido su razón de ser, ¿dónde estará la comunión? ¡Pero que cosas tengo!


Juan Ignacio

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