Capellan de la Brigada Paraca en el Libano (Francisco Muñoz)
Hace apenas siete años que ejerzo el ministerio
apostólico al servicio de la comunidad
católica castrense, un servicio
desconocido en gran parte de la Iglesia en
España, y en algún caso puesto en entredicho
por quienes andan como enemigos de la cruz de
Cristo y quisieran ver a la Iglesia de Dios convertida
en una ONG gigantesca ocupada en
multiplicar los panes y los peces, pero vaciada
de su dimensión trascendente
Era ésta mi primera misión y todo resultaba
hermoso y feliz: la sorpresa de un Líbano que
imaginábamos desértico convertido en un vergel,
remedo de la hermosa Extremadura en la
que tuve la suerte de nacer; el natural de los libaneses:
inteligentes, cultos, abiertos, simpá-
ticos , su acogida..., el monte Hermón, de entra
ñables resonancias bíblicas, presidiendo la
Base española El privilegio de vivir en Tierra
Santa tomando el pulso y el ritmo del vivir a
esta buena gente La celebración de la Semana
Santa bajo el mismo cielo, con el mismo clima,
tan cerca del lugar donde se realizó el acontecimiento
salvífico de nuestra Redención Y
empezamos a trabajar, a fondo, para conseguir
la paz y prosperidad en esta tierra bendita tan
duramente castigada. Mi general me encargó
expresamente cultivar las relaciones con los lí-
deres religiosos. Esta experiencia ha sido rica y
gratificante, se han estrechado lazos y se ha logrado
una corriente de afecto y simpatía hacia
la presencia española en el sur del Líbano y se
han creado vías de colaboración y desarrollo.
Pareja a esta labor al servicio de España y al
entendimiento entre los hombres, se ha realizado
una labor pastoral y evangelizadora. Los
buenos ingenieros de la Legión, con seis habit
áculos prefabricados para el alojamiento de
personal de segunda mano, habían construido
por el celo de su capellán Manuel Lara- una
recoleta capilla; pero había que dotarla de lo
necesario para el culto. Nos faltaba el sagrario,
que improvisamos, pues no queríamos vivir sin
la presencia de Jesús Sacramentado; y teniendo
un sagrario donde rezar y almas que salvar, un
capellán militar tiene su plan pastoral perfectamente
definido.
Después de una preparación densa y sistem
ática, tanto en la base Miguel de Cervantes
como en los destacamentos españoles, cinco
paracaidistas hicieron su Primera Comunión;
el 22 de junio se bautizaron una joven y cinco
jóvenes; recibieron la Confirmación 53; fue un
día de triunfo de la gracia y de mucha gloria
para Dios.
El 24 era el día de España, casi la despedida
oficial, día de satisfacción general; pero a
las 5:50 de ese día fuimos víctimas de un ataque
traidor, y seis de mis jóvenes pagaban el tributo
de su sangre por el bien supremo de la paz,
que es el estado natural del hombre de buen coraz
ón; como Jesús, estos seis valientes militares
y cristianos entregaban sus vidas por su pueblo.
Conseguir la paz y prosperidad de Espa-
ña, nuestra Patria, se ha cobrado ríos de sangre,
a lo largo de nuestra historia; el militar, por
cristiano y español, asume el riesgo y el compromiso
de conseguir el bien supremo de la
paz, que es la patria universal de todos los hombres
de buena voluntad. Apenas media hora antes
había pasado yo por el mismo lugar para
celebrar la Santa Misa en un destacamento;
¿por qué no hicieron detonar la carga a mi paso?
¡Sólo Dios lo sabe! Al oir la explosión, me
volví al lugar de los hechos para ayudar y atender
a los heridos: horror y muerte, fuego y humareda,
el temple guerrero que sabe poner orden
en el caos, dolor y lágrimas, la rabia controlada
en la boca y en el pecho de los legítimos
descendientes del alma almogávar... Recibo la
llamada de un Imán chií condenado el ataque y
declarándoles mártires. Mártires de la paz, añad
í conmovido. Describir lo que siente un capell
án, con corazón de padre como todo sacerdote,
es harto difícil; es necesario haber pasado
por algo parecido. Sólo las lágrimas, en el altar
de la Eucaristía, y la queja confiada: ¿Por qué,
mi Señor?, proporciona al alma bálsamo y consuelo.
Sólo el convencimiento del valor redentor
de esa sangre caliente y joven, unida a la
sangre del Divino Redentor, como tributo generoso
por un mundo mejor y pasaporte directo
para el cielo; pues que una vida entregada por
los demás purifica una multitud de pecados,
llenan el alma confiada del creyente de consuelo
y de paz.
apostólico al servicio de la comunidad
católica castrense, un servicio
desconocido en gran parte de la Iglesia en
España, y en algún caso puesto en entredicho
por quienes andan como enemigos de la cruz de
Cristo y quisieran ver a la Iglesia de Dios convertida
en una ONG gigantesca ocupada en
multiplicar los panes y los peces, pero vaciada
de su dimensión trascendente
Era ésta mi primera misión y todo resultaba
hermoso y feliz: la sorpresa de un Líbano que
imaginábamos desértico convertido en un vergel,
remedo de la hermosa Extremadura en la
que tuve la suerte de nacer; el natural de los libaneses:
inteligentes, cultos, abiertos, simpá-
ticos , su acogida..., el monte Hermón, de entra
ñables resonancias bíblicas, presidiendo la
Base española El privilegio de vivir en Tierra
Santa tomando el pulso y el ritmo del vivir a
esta buena gente La celebración de la Semana
Santa bajo el mismo cielo, con el mismo clima,
tan cerca del lugar donde se realizó el acontecimiento
salvífico de nuestra Redención Y
empezamos a trabajar, a fondo, para conseguir
la paz y prosperidad en esta tierra bendita tan
duramente castigada. Mi general me encargó
expresamente cultivar las relaciones con los lí-
deres religiosos. Esta experiencia ha sido rica y
gratificante, se han estrechado lazos y se ha logrado
una corriente de afecto y simpatía hacia
la presencia española en el sur del Líbano y se
han creado vías de colaboración y desarrollo.
Pareja a esta labor al servicio de España y al
entendimiento entre los hombres, se ha realizado
una labor pastoral y evangelizadora. Los
buenos ingenieros de la Legión, con seis habit
áculos prefabricados para el alojamiento de
personal de segunda mano, habían construido
por el celo de su capellán Manuel Lara- una
recoleta capilla; pero había que dotarla de lo
necesario para el culto. Nos faltaba el sagrario,
que improvisamos, pues no queríamos vivir sin
la presencia de Jesús Sacramentado; y teniendo
un sagrario donde rezar y almas que salvar, un
capellán militar tiene su plan pastoral perfectamente
definido.
Después de una preparación densa y sistem
ática, tanto en la base Miguel de Cervantes
como en los destacamentos españoles, cinco
paracaidistas hicieron su Primera Comunión;
el 22 de junio se bautizaron una joven y cinco
jóvenes; recibieron la Confirmación 53; fue un
día de triunfo de la gracia y de mucha gloria
para Dios.
El 24 era el día de España, casi la despedida
oficial, día de satisfacción general; pero a
las 5:50 de ese día fuimos víctimas de un ataque
traidor, y seis de mis jóvenes pagaban el tributo
de su sangre por el bien supremo de la paz,
que es el estado natural del hombre de buen coraz
ón; como Jesús, estos seis valientes militares
y cristianos entregaban sus vidas por su pueblo.
Conseguir la paz y prosperidad de Espa-
ña, nuestra Patria, se ha cobrado ríos de sangre,
a lo largo de nuestra historia; el militar, por
cristiano y español, asume el riesgo y el compromiso
de conseguir el bien supremo de la
paz, que es la patria universal de todos los hombres
de buena voluntad. Apenas media hora antes
había pasado yo por el mismo lugar para
celebrar la Santa Misa en un destacamento;
¿por qué no hicieron detonar la carga a mi paso?
¡Sólo Dios lo sabe! Al oir la explosión, me
volví al lugar de los hechos para ayudar y atender
a los heridos: horror y muerte, fuego y humareda,
el temple guerrero que sabe poner orden
en el caos, dolor y lágrimas, la rabia controlada
en la boca y en el pecho de los legítimos
descendientes del alma almogávar... Recibo la
llamada de un Imán chií condenado el ataque y
declarándoles mártires. Mártires de la paz, añad
í conmovido. Describir lo que siente un capell
án, con corazón de padre como todo sacerdote,
es harto difícil; es necesario haber pasado
por algo parecido. Sólo las lágrimas, en el altar
de la Eucaristía, y la queja confiada: ¿Por qué,
mi Señor?, proporciona al alma bálsamo y consuelo.
Sólo el convencimiento del valor redentor
de esa sangre caliente y joven, unida a la
sangre del Divino Redentor, como tributo generoso
por un mundo mejor y pasaporte directo
para el cielo; pues que una vida entregada por
los demás purifica una multitud de pecados,
llenan el alma confiada del creyente de consuelo
y de paz.
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