LA VERDADERA GUERRA Y COMO LIBRARLA

Hace muchas décadas León Trotsky escribió: "Tal vez no te interese la guerra pero a la guerra le interesas". Para comenzar el 2008 con todo, les dejo con (creo que) un buen artículo de Peter Kreeft que traduje hace casi 10 años y repartí en una charla a un grupo de jóvenes universitarios de una parroquia (por supuesto fue la última vez que se permitió hacerlo). ¿Les parece que el Profesor Kreeft exagera con lo de estar en guerra? Pues leanse el artículo. Tengo entendido que, posteriormente, este artículo fue la base de un libro que apareció tras lo de las Torres Gemelas y causó bastante alboroto. Sepan por qué.
Si no puedes ver que nuestra entera civilización está en crisis, entonces sos una víctima de la guerra. Estamos hoy comprometidos en la más seria guerra que el mundo ha conocido jamás. Lo que sigue es un listado de puntos para entender lo que realmente está en juego en el momento más crucial de la historia humana:
Para ganar cualquier guerra, las tres cosas más necesarias a conocer son (1) que estás en guerra, (2) quién es tu enemigo y (3) qué armas o estrategias pueden derrotarlo. No puedes ganar la guerra (1) si simplemente decís “paz” en el campo de batalla, (2) si peleas guerras civiles contra tus aliados o (3) si usas las armas equivocadas.
Ésta es una lista de puntos para las guerras de la cultura. Asumo que no estarías leyendo una revista llamada Crisis si creyeras que todo está bien. Si no sabes que nuestra entera civilización está en crisis, espero que hayas tenido unas lindas vacaciones en la luna.
Sin embargo, muchas mentes parecen lunáticas, felizmente desprevenidos acerca de la crisis –especialmente los “intelectuales”, que están supuestamente en la cima de los eventos actuales. Me quedé enmudecido al leer un artículo de tapa de la revista Time que discutía la pregunta: ¿Por qué está todo cada vez mejor? ¿Por qué es tan buena la vida hoy? ¿Por qué todo el mundo se siente tan satisfecho con su calidad de vida? La revista Time nunca se cuestionó el supuesto, sólo se preguntaba por qué la música en el Titanic sonaba tan bien.
Resultó ser, al leer el artículo, que cada simple aspecto de la vida que era mencionado, cada razón que hacía cada vez más placentera la vida, era económica. La gente es más rica. Fin de la discusión...
Hay una refutación científica de la Filosofía del Cerdo: el dato estadístico que el suicidio, el índice más evidente de la infelicidad, está directamente correlacionado con la riqueza. Cuanto más rico uno es, cuanto más rica es la familia de uno, y cuanto más rico es tu país, lo más probable es que encuentres la vida tan buena que decidas volarte la cabeza.
El suicidio entre menores se ha incrementado el 5000% desde los “días felices” de los EE.UU. en los años ’50. Si el suicidio, especialmente entre las generaciones futuras, no es un indicador de una crisis, entonces nada lo es.
La noche está cayendo. Lo que Chuck Colson ha denominado “una nueva Edad Oscura” se está tejiendo. Y su Valiente Nuevo Mundo probó ser un Cobarde Viejo Sueño. Podemos ver esto hoy, al final del “siglo del genocidio” que, en sus comienzos, fue bautizado “el siglo cristiano”.
Hemos tenido profetas que nos advirtieron: Kierkegaard, 150 años atrás, en La Era Presente; y Spengler, 100 años atrás, en El Otoño de Occidente, y Aldous Huxley, setenta años atrás, en Un Mundo Feliz, y C.S. Lewis, cuarenta años atrás, en La Abolición del Hombre, pero por sobre todos ellos nuestros papas: León XIII, Pío IX y Pío X, y especialmente Juan Pablo el Grande, el más grande en todo el mundo, el mejor hombre en el peor siglo. Fue incluso más osado que Ronald Regaen, quien se atrevió a llamar a la Unión Soviética “el imperio del mal”; el Papa llamó a los Estados Unidos: “la cultura de la muerte”. Ésta es nuestra cultura, y la suya, incluyendo Italia, con la tasa más baja de natalidad en todo el mundo, y Polonia, la cual quiere ahora ser parte, con el resto de Occidente, del holocausto del aborto.
Si el Dios de la vida no responde a esta cultura de la muerte con justicia, Dios no es Dios. Si Dios no honra la sangre de cientos de millones de víctimas inocentes entonces el Dios de la Biblia, el Dios de Israel, el Dios de los huérfanos y las viudas, el Defensor de los indefensos, es un mito hecho por el hombre, un cuento de hadas.
¿Pero Dios no perdona?
Sí, pero quien no se arrepiente rehúsa el perdón. ¿Cómo puede ser recibido el perdón por un relativista moral que niega que haya algo por perdonar excepto la falta de autoestima, nada que juzgar más que el “acto de juzgar”? ¿Cómo puede salvarse un fariseo o un psicólogo pop?
¿No es Dios compasivo?
No es compasivo con Moloc, Baal o Astarté, ni con los caananitas que hacían su trabajo, que “hacían a sus hijos caminar por el fuego”. Tal vez tu Dios lo es –el Dios de tus sueños, el Dios de tu “preferencia religiosa”– pero no el Dios revelado en la Biblia.
¿Pero el Dios de la Biblia no está revelado más completa y finalmente en el Nuevo Testamento más que en el Viejo? ¿En el dulce y gentil Jesús más que en el colérico y guerrero Jehová?
La oposición es herética: la antigua herejía gnóstica-maniquea-marcionista, tan inmortal como los demonios que la inspiraron. Ya que “Yo y mi Padre somos uno”. La oposición entre el amable Jesús y el terrible Jehová niega la misma esencia del cristianismo: la identidad de Cristo como el Hijo de Dios. Recordemos nuestra teología y nuestra biología: de tal Padre, tal Hijo.
¿Pero no es Dios un amante más que un guerrero?
No, Dios es un amante que es un guerrero. La pregunta falla en entender lo que el amor es, lo que el amor que Dios es, es. El amor está en guerra contra el odio, la traición, el egoísmo y todos los enemigos del amor. El amor lucha. Pregúntale a cualquier padre. El amor “yuppie" como el amor del cachorro, pueden ser meramente “compasión” (esa palabra tan de moda hoy), pero el amor del padre o de la madre es guerra.
En realidad, cada página de la Biblia se eriza con lanzas, desde el capítulo 3 del Génesis hasta el 20 del Apocalipsis. El camino desde el Paraíso Perdido hasta el Paraíso Recobrado está empapado en sangre. En el mismo centro de esta historia hay una cruz, un símbolo de conflicto si alguna vez lo hubo. El tema de la guerra espiritual nunca está ausente en la Escritura, y nunca está ausente en la vida y en los escritos de un solo santo. Pero nunca está presente en la educación religiosa de mis estudiantes “católicos” en el Boston College. Cuando quiera que hablo de ello, quedan pasmados y silenciosos, como si de repente hubiesen ingresado en otro mundo. Lo han hecho. Han atravesado los tibios conceptos borrosos, los abrigos de piel de la psicología oculta como religión, hacia un mundo donde encuentran a Cristo Rey, no a Cristo el Gatito.
Bienvenidos de la luna, niños.
¿De dónde viene la cultura de la muerte?
De aquí. Los Estados Unidos son el centro de la cultura de la muerte. Los Estados Unidos son la única superpotencia cultural del mundo.
Si todavía no te he sobresaltado, lo haré ahora. ¿Sabes cómo nos llaman los musulmanes? Nos llaman “el Gran Satán”. ¿Y sabes lo que les digo? Les digo que tienen razón.
Pero los Estados Unidos tienen el más justo, moral, sabio y bíblico fundamento histórico y constitucional de todo el mundo. Los Estados Unidos son uno de los países más religiosos del mundo. La Iglesia es grande, rica y libre en los Estados Unidos.
Sí. Tal como el antiguo Israel. Y si Dios aún ama su Iglesia en los Estados Unidos, pronto la hará pequeña, pobre y perseguida, como hizo con el antiguo Israel, de modo de poder mantenerla viva. Si nos ama, nos podará y sangraremos, y la sangre de los mártires será la semilla de la Iglesia otra vez, y una nueva primavera vendrá –pero no sin sangre. Nunca sucede sin sangre, sacrificio y sufrimiento. La continuación del trabajo de Cristo –si es realmente el trabajo de Cristo y no una confortable falsificación– no puede suceder sin la Cruz.
No digo que meramente la civilización occidental morirá. Eso es un poco trivial. Digo que almas eternas morirán. Miles de millones de Ramones, Vladimires, Juanas y Tiffanies irán al infierno. Esto es lo que está en juego en esta guerra: no si los Estados Unidos se convertirán en una república bananera o si olvidaremos a Shakespeare o incluso si algunos terroristas nucleares incinerarán a media humanidad, sino si nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos verán a Dios alguna vez. Esto es lo que está en juego en “Hollywood contra los Estados Unidos”. Por eso debemos despertarnos y oler las almas podridas. Saber que estamos en guerra es el primer requisito para ganarla.
Lo siguiente es saber quién es nuestro enemigo.
¿Quién es nuestro enemigo?
No los protestantes. Por casi medio milenio, muchos de nosotros pensamos que nuestros enemigos eran los herejes protestantes y solucionábamos ese problema consignando sus cuerpos a los campos de batalla y sus almas al infierno. (Los ecos de esta estrategia aún pueden oírse en Irlanda del Norte.) Gradualmente, comenzó a amanecer: los protestantes no son nuestros enemigos, son nuestros “hermanos separados”. Pelearán con nosotros.
No los judíos. Por casi dos milenos muchos de nosotros pensamos eso, e hicimos cosas tan poco cristianas a nuestros “padres en la fe” que les hemos hecho imposible a los judíos ver a su Dios –el verdadero Dios– en nosotros.
No los musulmanes, que son muchas veces más leales a su medio Cristo que nosotros a nuestro Cristo completo, que viven muchas veces vidas más santas siguiendo a sus falibles escrituras y su falible profeta que nosotros siguiendo nuestras infalibles Escrituras y nuestro infalible Profeta.
Lo mismo puede decirse de los mormones, los testigos de Jehová y los cuáqueros.
Nuestros enemigos no son “los liberales". Porque por un lado, el término es flexible hasta perder todo significado. Porque por otro lado, es un término político, no religioso. Lo que sea bueno o malo del liberalismo político, no es ni la causa ni la cura de nuestra decadencia espiritual actual. Las guerras espirituales no se deciden por la cantidad de cheques de asistencia social.
Nuestros enemigos no son los fanáticos anticatólicos que quieren crucificarnos. Ellos son a quienes tratamos de salvar. Son nuestros pacientes, no nuestra enfermedad. Nuestra palabra para ellos es la de Cristo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Decimos esto de los comunistas chinos totalitarios que persiguen y encierran a los católicos y de los terroristas musulmanes sudaneses que esclavizan y matan católicos. No son nuestros enemigos, son nuestros pacientes. Somos los enfermeros de Cristo. Los pacientes piensan que los enfermeros son sus enemigos, pero los enfermeros saben mejor.
Nuestros enemigos no son los medios de comunicación de la cultura de la muerte, ni siquiera Ted Turner, Howard Stern, Disney, Time-Warner. Ellos también son víctimas, aunque causando alboroto contra el hospital, envenando a otros pacientes. Pero los envenenadores son nuestros pacientes también. Lo mismo puede decirse de los activistas homosexuales, las brujas feministas y los abortistas. Debemos entrar en las zanjas y recoger a los espiritualmente moribundos y besar a aquellos que nos escupen, si somos células en el Cuerpo de nuestro Señor. Si no vamos físicamente a las zanjas, entraremos en las zanjas espirituales, ya que vamos donde la necesidad está.
Nuestros enemigos no son los herejes dentro de la Iglesia, los católicos de cafetería, los católicos tipo Kennedy, los católicos “vivo a mi manera”. Ellos también son nuestros pacientes, a pesar de ser la quinta columna. Son las víctimas de nuestro enemigo, no nuestro enemigo.
Nuestros enemigos no son los teólogos en los llamados Departamentos de Teología Católica que han vendido su alma por treinta monedas de beca y prefieren los aplausos de sus pares al elogio de Dios. Ellos también son nuestros pacientes.
Nuestros enemigos no son siquiera los pocos realmente malos sacerdotes y obispos, candidatos al premio torturador de Cristo del mes, los modernos fariseos. Ellos también son víctimas, necesitados de curación.
¿Quién es, entonces, nuestro enemigo?
Hay dos respuestas. Todos los santos y papas a través de la historia de la Iglesia han dado las mismas dos respuestas, ya que estas respuestas provienen de la Palabra de Dios en papel en el Nuevo Testamento y la Palabra de Dios en la carne de Jesucristo.
Aún así no son bien conocidas. De hecho, la primera respuesta no es mencionada casi nunca hoy. Ni una vez en mi vida la he escuchado en una homilía o en una conferencia de algún teólogo católico.
Nuestros enemigos son los demonios. Los ángeles caídos. Los espíritus malignos.
Esto dice Jesucristo: “No temáis a aquellos que matan el cuerpo y que luego no tienen más poder sobre vosotros. Yo os diré a quien temer. Temed a aquél que tiene el poder de destruir el cuerpo y el alma en el infierno.”
Lo mismo dice San Pedro, el primer papa: “El diablo, como un león rampante, va por el mundo buscando la ruina de las almas. Resistidles firmes en la fe.”
Lo mismo dice San Pablo: “Luchamos no contra el cuerpo, sino contra los principados y poderes de maldad en altos lugares.”
Lo mismo dice el papa León XIII, quien recibió una visión sobre el siglo XX que la historia a probado terriblemente verdadera. Vio a Satán, al comienzo del tiempo, al que se le permitía un siglo en el cual pudiese hacer su peor trabajo, y eligió el vigésimo. Este Papa con el nombre y el corazón de un león se vio tan dominado por el terror de su visión que cayó en trance. Cuando se despertó, compuso una oración para toda la Iglesia para que se usase para atravesar el siglo XX. La oración era ampliamente conocida y rezada luego de misa –hasta los ’60: exactamente cuando la Iglesia fue golpeada por ese incomparablemente rápido desastre al cual aún no se le ha dado un nombre (pero al cual los futuros historiadores se lo darán), ese desastre que destruyó a un tercio de nuestros sacerdotes, dos tercios de nuestras monjas y nueve décimos del conocimiento teológico de nuestros hijos; ese desastre que convirtió a la fe de nuestros padres en las dudas de nuestros detractores, el vino del Evangelio en el agua de la charlatanería pseudo psicológica.
La restauración de la Iglesia, y por lo tanto del mundo, podría perfectamente comenzar con la restauración de la oración de León y de la visión de León, porque ésta es la visión de todos los papas y todos los santos y de nuestro Señor: la visión de un infierno real, un Satán real y una guerra espiritual real.
Dije que había dos enemigos. El segundo es incluso más aterrorizante que el primero. Hay una pesadilla incluso más terrible que el ser perseguido, capturado y torturado por el Diablo. Esa es la pesadilla de convertirse en un demonio. El horror fuera de tu alma es suficientemente terrible; ¿cómo puedes atreverte a enfrentar el horror dentro de tu alma?
¿Cuál es el horror dentro de mi alma?
El pecado. Todos los pecados son el trabajo del Diablo, a pesar de que usa la carne y la palabra como sus instrumentos. El pecado significa invitar al Diablo a entrar. Y lo hacemos. Esa es la única razón por la cual él puede hacer su horrible trabajo; Dios no se lo permitiría sin nuestro libre consentimiento. Y esa es la razón por la cual la Iglesia es débil y el mundo está muriendo: porque no somos santos.
Y aquí tenemos nuestra tercera Cosa Necesaria: el arma que ganará la guerra y derrotará a nuestro enemigo.
Todo lo que se necesitan son santos.
¿Puedes imaginar lo que harían doce Madres Teresas por el mundo? ¿Puedes imaginar lo que pasaría si tan sólo doce lectores de este artículo ofrecieran a Cristo 100% de sus corazones sin guardarse nada, absolutamente nada?
No, no puedes imaginarlo, no más que lo que alguien pudo imaginarse que doce niños judíos conquistarían el Imperio Romano. No puedes imaginarlo, pero puedes hacerlo. Puedes convertirte en santo. Absolutamente nadie ni nada pueden detenerte. Es tu libre elección. He aquí una de las sentencias más verdaderas y terribles que he leído (tomada del libro de William Law llamado Serious Call): “Si miraras en tu propio corazón con completa honestidad, deberías admitir que hay una y tan sólo una razón por la cual no eres santo: no quieres serlo por completo.”
Esa visión es terrible porque es una acusación. Pero es también emocionalmente esperanzadora porque es una oferta, una puerta abierta. Cada uno de nosotros puede convertirse en santo. Realmente podemos.
¿Qué nos lo impide?
El temor de pagar el precio.
¿Qué precio?
La respuesta es simple. T.S. Eliot define la vida cristiana como: “Una condición de simplicidad completa / Que cuesta no menos que / Todo.” El precio es todo: 100%. Un martirio peor que el lazo o la estaca: el martirio de morir diariamente, morir a todos tus deseos y planes, incluyendo tus planes sobre cómo convertirte en santo. Un cheque en blanco para Dios. Sumisión completa, “islam”, “fiat” –lo de María. Mirá lo que esa simple palabra de María hizo 2000 años atrás: Bajó a Dios y salvó el mundo.
Se pensó así para que continúe.
Si hacemos lo que María –y sólo si hacemos eso– entonces todos nuestros apostolados “funcionarán”: nuestra misión y catequesis, paternidad y maternidad, enseñanza y estudio, alimentación y trabajo, sacerdocio y obispado –todo.
Un obispo preguntó a uno de sus sacerdotes de su diócesis buscando recomendaciones para incrementar las vocaciones. El sacerdote respondió: “La mejor manera de atraer a los hombres en esta diócesis al sacerdocio, Su Excelencia, sería su canonización.”
¿Por qué no la tuya?
<< Home